Tres sombreros de copa

 

Año: 2019

Teatro María Guerrero, Madrid

Fecha: del viernes 17 de mayo al domingo 7 de julio de 2019

 

 

Dionisio va a casarse con una chica bien, a la que no le gusta comer cangrejos junto al río, ni hacer volcanes de arena en la playa y que da grititos estúpidos en el agua porque no sabe nadar. Además, tiene los ojos tristes y la cara llena de lunares. Seguramente no nació así la pobre, pero la convirtieron en eso.

En cuanto al propio Dionisio se va a casar con ella porque todo el mundo le dijo que había que casarse a los veintisiete años, pero él solo se va a casar ¨un poco” igual que su padre fue militar, pero solo “un poco”.

A través de unos diálogos chispeantes, “Tres sombreros de copa” cuenta el prólogo de una boda. Y lo de menos es si esa noche Dionisio sueña con un mundo distinto o si el mundo distinto viene a instalarse realmente en su habitación. El caso es que lo toca con las manos, lo siente en el corazón y ya solo por eso es verdad. Creo que todos necesitamos creer que Paula es verdad; una bailarina del tres al cuarto, con una imaginación capaz de convertir lo más chato en una pirueta llena de grandeza.

Si una de las características del Teatro del Absurdo es lanzar preguntas que quedan sin respuesta, Mihura nos las da todas gracias a la ternura. Desde don Rosario que cuida como un padre de todos sus huéspedes porque su niño se le murió en un pozo hasta los propios protagonistas que dan rienda suelta a sus deseos de sacarle brillo a la vida.

Maravillosa la interpretación de Laia Manzanares en el papel de Paula; un alarde absoluto de ingenuidad. Admirable la dirección de Natalia Menéndez, que lo cuida todo como si lo amara. Hay mucho encanto en los armarios de la habitación, en cómo se revuelven las sábanas de la cama de Dionisio, en el tiovivo, en las miradas de todos los personajes cuando miran hacia el patio de butacas y parecen estar contemplando horizontes abiertos. Durante hora y media consiguen que soñemos o vivamos lo mismo que ellos.

Como única pega quizá echo de menos un ritmo más lento, que nos permita recrearnos, en esos momentos donde la poesía de los diálogos aparece con mayor intensidad.

La comedia es un género que habla del fracaso, tanto o más que un drama. Pero aquí cualquier fracaso merece la pena; por un instante, hemos vislumbrado lo que podría haber sido apostar, como niños, por nuestros sueños más locos en vez de hacer lo correcto, como adultos bien aprendidos.

Mihura escribió esta obra en 1932, pero podría haberla escrito ayer mismo. Me atrevería a decir que no morirá nunca, como todo lo que habla del ser humano, de lo que nos eleva o nos hace caer.

Siempre será un milagro reírse con algo que, a la vez, te haga pensar.

 

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