Las herederas

 

Interesante indagación en el universo femenino realizada por un director (el paraguayo Marcelo Martinessi) que borda los resortes psicológicos de los personajes gracias a un casting impecable (Ana Brun, Margarita Irún y Ana Ivanova, junto a unas magníficas secundarias) y a una dirección actoral más que meritoria.

Aunque de extracción acomodada, Chela y Chiquita se encuentran en el umbral de la marginación. En otros tiempos disfrutaron de una posición de privilegio pero, como mujeres de una época, manteniendo un status secundario: privadas de las decisiones y oportunidades que tenían reservadas los varones. Ahora, sin ingreso alguno, traspasada la frontera de los sesenta, se ven obligadas a vender los muebles y objetos de valor de su vivienda. Chiquita acaba en la cárcel por intento de estafa. A través de los ojos de Chela –es decir, gracias a la elocuente mirada de Ana Brun– observaremos esta institución, así como el constante disimulo en que vive y la angustia que le causa.

Porque Chela ha de ocultarlo todo, el vínculo que existe entre las dos, lo que le ha sucedido a su compañera, ni siquiera puede airear su falta de recursos pues su fuente de ingresos proviene de la misma esfera a la que un día perteneció y hay que mantener las apariencias. Es una mujer pobre que no se acepta como tal, que finge ser lo que ya no es, que comienza a trabajar como chófer de señoras auténticamente ricas y cobra por estos servicios –aunque de cara a la galería se comporte como su amiga e igual–, que, de alguna forma, tiene que apartarse de quien fue su compañera a lo largo de toda una vida. No hay más que hipocresía tras esa fachada de glamour y buenas maneras, pero, aunque a primera vista pueda parecer más sano, menos estresante etc., la caída de todo el andamiaje supondría un verdadero drama para esta mujer, que han sido educada en un clasismo inmutable y difícilmente aceptará a cualquier miembro que haya descendido de nivel, ni siquiera si se trata de ella misma.

El gran hallazgo de Las herederas consiste, a mi entender, en que el sigilo con que manifiestan los personajes se traduce en una exquisita sutileza de la puesta en escena. Es decir, fondo y forma se alían para que el espectador sea un testigo más de los hechos, como si hubiésemos traspasado la pantalla y nos moviésemos entre quienes protagonizan el relato teniendo que deducir entre líneas las claves de lo que ocurre. No encontraremos nada demasiado explícito pero tampoco hace falta, ya que director y actores –sobre todo ellas– nos dejarán las pistas necesarias. Solo tenemos que estar atentos.

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