De musas y modelos a autoras y gestoras. Las mujeres en las instituciones culturales: primera mesa redonda de la Jornada “La cultura de la igualdad .-

Intervención de Anna Caballé en la sala Clara Campoamor el 10 de mayo de 2018:

En primer lugar, mi enhorabuena al PSOE y a Carmen Calvo, secretaria de igualdad del partido, por la iniciativa de convocar a las principales asociaciones feministas, al menos algunas de ellas, es decir las que están más vinculadas a la defensa de la igualdad de la mujer en todas las esferas culturales.
Vivimos unos momentos excepcionales en todo lo que se refiere al feminismo y al propósito explícito, nunca tan explícito, tan rotundo, tan desafiante como ahora, que mantienen las mujeres de cambiar su forma de estar en el mundo. Queremos cambiar nuestra forma de estar en el mundo, desde luego, porque reivindicamos nuestro derecho en la toma de decisiones políticas, económicas, culturales y sociales; decisiones que a todos nos afectan. Pero lo más importante es que queremos cambiar el mundo porque no nos gusta cómo va y, en general, no compartimos el insolente afán de dominación masculina. A veces me descubro a mi misma pensando por qué es tan difícil que el mundo no pueda ser más razonable y algo más equitativo de lo que es, es decir que si no puede ser más racional en los términos de una mujer madura que ha esperado pacientemente mejoras sustanciales en la vida colectiva, me niego a aceptar que sea racional en ninguna medida. Los avances de la sociedad española no son suficientes en todo aquello que no tiene que ver con la tecnología y el consumo. Tampoco querría plegarme por más tiempo a un funcionamiento político y social que no tiene en cuenta como se merece al cincuenta y cinco por ciento de la población, que la mantiene alejada del gobierno, de las decisiones importantes, de la alta política. Que la querría seguir teniendo en posición de chaise longue en los museos y en los libros. Que mantiene una insostenible brecha salarial del 24%. Una brecha no es un puente, de modo que las brechas no pueden suponer un avance positivo más que en las trincheras. Y las guerras no son deseables bajo ningún concepto. No querría, en fin, doblar más la rodilla. El poder de las mujeres es enorme: basta con que  convengamos en hacer o no hacer algo para decantar una balanza, cualquier balanza: la del consumo, la de la opinión pública, la de la política.
¿Por qué no lo hacemos?

Sin embargo, leída con atención la sentencia de la Manada, conocidas las
expresiones soeces que se volcaron hacia una joven que en nada había
ofendido a aquellos cinco hombretones educados en democracia (aunque
obviamente no en igualdad), comprendí también que nada puede suavizar el
choque que representa para la inteligencia masculina pasar de una cualidad
del ser – el saberse omnipotente y a cubierto- a otra – una omnipotencia que
debería ser lealmente compartida y que por tanto, como tal omnipotencia,
ha dejado de serlo -. Las mujeres hemos intentado suavizar ese choque en lo
posible, hemos echado sal a las patatas y azúcar a los postres. Los estoicos
decían: llama bienes a tus males y serás feliz. Hemos llamado bienes a los
males, también lo hemos intentado. ¿Acaso no hemos sabido siempre
subordinar la fugacidad del momento a la perspectiva general de la vida?
Pero no hace falta beberse el océano entero para comprender que el agua de
mar es salada. Y que la sociedad se mueve en el marco de unas inercias
sexistas que son estructurales y que por más que hagamos disuelven el
sujeto femenino en una especie de no-ser, abolido de algún modo desde su
nacimiento. ¿Cómo si no se concibe que se quieran legislar en mayo de 2018
los vientres de alquiler como si las mujeres fueran un territorio comanche
que puede invadirse impunemente?

En mis clases en la Universidad explicó el romanticismo español y siempre
subrayo que la revolución cultural más importante de aquella época -con sus
Larras, sus Esproncedas y sus Zorrillas- la protagonizaron las escritoras
románticas. Por primera vez en la cultura española un grupo de mujeres –
Carolina Coronado, Concepción Arenal, Gertrudis Gómez de Avellaneda, por
dar algunos nombres admirables – reivindicaba su derecho a escribir, a
publicar y a ser leídas y reconocidas por ello, si lo merecían. Digamos que
entre 1840 y 1860 las mujeres pasaron de ser el objeto preferido y juguetón
de la pluma masculina a luchar por ser el propio sujeto de la suya. De algún
modo ellas pusieron el punto final, al menos simbólicamente, a las Filis, las
Venus y las Dafnes. No hubo rebelión más interesante en el siglo XIX que la
incorporación profesional de la mujer al mundo del arte y sobre todo de las
letras, aunque sigamos sin poder leer esta obvia observación en los
manuales que estudian nuestros escolares.

Y aquella rebelión, ignorada hasta que el feminismo y los estudios de género
se propusieron revisar el canon cultural, abrumadoramente masculino,
incluyendo en dicho canon a las creadoras y por tanto provocando un
saludable descentramiento del mismo, aquella rebelión, digo, 150 años
después, sigue siendo la misma. Solo que de las palabras, como reclamaron
las sufragistas en su momento, hemos pasado a los hechos. Y el hecho
fundamental ha sido la incorporación de la mujer al mundo del
trabajo. Aquella “sublime decisión” tomada por Florita de trabajar en un
despacho como administrativa y descrita por Miguel Mihura con sabor
agridulce ha tenido, sin embargo, un recorrido incierto. Durante el
franquismo la incorporación no pudo ser más tímida pues no iba
acompañada de ningún tipo de teorización. Fue pura práctica impulsada por
la necesidad, por la vocación, por los ideales que soterradamente
permanecían de la República. La explosión llegó en los años ochenta, pero,
por decirlo de forma groseramente simplificada, el aparato del poder vio las
manifestaciones, hizo algunas concesiones imprescindibles -la ley del
divorcio, la despenalización del adulterio, del aborto-, pero se mantuvo
indiferente a la transformación que las mujeres estaban reclamando tanto
en sus vidas cotidianas como en la vida colectiva. Fue una transformación de
las mujeres y que de algún modo solo ha repercutido en ellas, en nosotras. El
poder económico, las instituciones, el lenguaje de la calle, los cargos
políticos, los programas escolares, se mantuvieron firmes en sus
endogámicas cuotas de reparto. Eso fue así hasta la llegada del presidente
Rodríguez Zapatero al poder. Con sus luces y sus sombras, lo cierto es que
en nuestro país nunca un presidente se había declarado feminista. Con
aquella declaración hecha a la revista Marie Claire le llovieron las burlas, el
pitorreo fue generalizado -conservo los comentarios de la prensa para una
posible continuación de mi libro Una breve historia de la misoginia-, pero lo
cierto es que en la política las cosas empezaron a cambiar. Por supuesto que
cambiaron. Bastó con la firme voluntad política de hacerlo. Ahora
necesitamos que se dé un paso más. ¿Por qué? Diré por qué. Porque aquella
voluntad que se tradujo eficazmente en la creación de un Ministerio de la
Igualdad (sorprendentemente colocado en manos inexpertas, como si con la
mano izquierda se quisiera atenuar lo que hacía la mano derecha), la
proliferación de consejerías de igualdad en todos los ayuntamientos y sobre
todo en una Ley de Igualdad (22 de marzo de 2007) solo ha tenido verdadera
eficacia y cumplimiento en la elaboración de las listas electorales. Y la
consecuencia inmediata ha sido la cantidad de mujeres políticas en la vida
española, un hecho fundamental para el cambio que se está produciendo
(porque el cambio, señoras, señores y señorías, ha llegado). Sin embargo, en
paralelo, de nuevo asistimos a un proceso de guetización: se crearon
asociaciones, consejerías, ministerios, las mujeres de la sociedad civil se
han organizado en un sinnúmero de asociaciones y observatorios al frente de
los cuales hay mujeres y cuyo destinatario prácticamente único son las
mujeres. Es decir que los hombres siguen permaneciendo al margen
de esa transformación. Los muchachotes de la Manada son el mejor
ejemplo. Ahora bien, en los últimos años han ocurrido dos fenómenos
importantes en España y es que las mujeres han comprendido la necesidad
de apoyarse mutuamente, de trabajar en red, y, en paralelo, el machismo
femenino ha retrocedido extraordinariamente. Eso no sucedió en los años
ochenta, ni en los años noventa, sucede ahora. Ambas cosas son fruto de la
experiencia adquirida por las mujeres en la vida pública. Y en mi opinión
eso lo está cambiando todo.

¿Políticas culturales? Para mí la palabra clave es integración. No basta
con crear delegaciones, institutos y consejerías comandados por mujeres y
destinados al consumo exclusivamente femenino. No basta con fomentar los
estudios de género -que por cierto han sufrido un retroceso ministerialpensados
para jóvenes, siempre mujeres, con cierta conciencia de género o
con deseos de formarse en ella. Es como si se hubiera creado un circuito
cerrado dentro del sistema de refrigeración que prácticamente en nada
afecta al funcionamiento general del mismo. Es decir que se ha ido
formando, consciente o inconscientemente, un pensamiento “separador” que
no influye en la vida colectiva más que muy tangencialmente y siempre por
motivos de urgencia social. La prueba máxima es la persistencia de la
violencia de género. Los programas escolares, también los universitarios
siguen reproduciendo historias de la literatura, o de la filosofía o del arte
donde el sujeto mujer permanece prácticamente ausente. ¿Cuántos
profesores de universidad (varones) conocen y manejan la colección
Feminismos fundada por Cátedra en colaboración con la Universitat de
València en 1990? Como si, finalmente y a pesar de todos los avances, solo
siguiera contando la belleza, la moda o la disponibilidad sexual. En España
el reconocimiento intelectual que se debe a la oscura labor de las mujeres
sigue siendo un asunto pendiente y que reclama acciones urgentes. Por el
momento, el estudio de sus aportaciones se reserva a los másteres de
género, a las consejerías de igualdad, a las subvenciones concedidas a
proyectos de investigación por parte del Instituto de la Mujer, a los ciclos
pensados para un público femenino. Que es, por cierto, el que llena las salas
de exposiciones, las presentaciones de libros, las conferencias, los ciclos de
cine, las librerías, y en definitiva la mayor parte de actos culturales en los
que no intervenga la pompa y el tronío. Y es que las mujeres aman la
cultura, está en la raíz de su ADN.

Mi propuesta se basa pues en tres conceptos: educación, integración y
transversalidad. La igualdad de género no avanzará: a) sin una política
educativa que incida sustancialmente en un cambio de perspectiva y no en
la mera incorporación de algunos nombres; b) necesitamos integrar a los
hombres: la idea, sin duda bienintencionada, de que el feminismo nos
compete a las mujeres ha sacralizado un pensamiento separador al que
antes me refería como una limitación y un techo bastante insuperable; y c)
la igualdad de género debería poder aplicarse a todos los espacios
públicos que puedan ser fiscalizados. Que haya un observatorio de
igualdad eficaz y transversal, con presupuesto suficiente, para observar, y
sancionar si es el caso, que se cumple la ley en las diferentes
administraciones públicas. Que se cumple en el ministerio de economía, de
agricultura, de educación, de justicia o de sanidad. Que se cumple en las
artes escénicas, en el cine, en los museos y exposiciones. Es decir, en todas
las instituciones que dependen del Estado debería velarse por el respeto a la
igualdad con inspecciones regulares por ejemplo a los centros escolares, a las
universidades, evitando que todo aquello que depende del Estado contribuya
a la financiación y difusión de los estereotipos sexuales o la marginación.
Solo así podría evitarse, por ejemplo, que un académico perteneciente a una
institución tan prestigiosa en la cultura española como la RAE utilice
términos despreciativos e insultantes para dirigirse a las mujeres que
defienden sus derechos y que suelen protestar ante su evidente misoginia.
Como escritor e intelectual puede decir y escribir, faltaría más, lo que estime
más conveniente -vivimos en un país libre- y puede pensar, cómo no, que el
feminismo linda con el nazismo, pero, como representante de una de las
instituciones culturales más emblemáticas de nuestro país, institución
financiada con el dinero de todos y de todas las contribuyentes, no debería
aceptarse la exaltación o apología del machismo. Como principio general,
como hoja de ruta el machismo debería ser expulsado de cualquier política
oficial. Porque no es ningún ejemplo para la ciudadanía. ¿En qué cabeza
cabe que las docentes podamos condenar con cierta eficacia en la escuela lo
que se exalta desde una institución cultural como un pensamiento rebelde?
Cuando hay un pensamiento verdadero y otro falso este último debe ceder
sin remisión. No es posible una síntesis superior, por decirlo en términos
hegelianos, donde ambos puedan convivir pacíficamente. Las políticas
culturales de un Estado no pueden impedir que en las redes sociales, por
ejemplo, se fomenten actitudes machistas, pero tal vez sí puede poner coto al
exceso de pornografía virtual que circula en la Red y que proyecta formas
de comunicación entre hombres y mujeres absolutamente insanas. En todo
caso, deber del Estado es hacer lo posible para que una ciudadanía formada
se sienta lo suficientemente preparada y feminista en su conjunto como para
rechazar moralmente aquello que atenta contra la dignidad de la mujer. El
objetivo, en opinión de Clásicas y Modernas, asociación a la que represento y
me siento orgullosa de hacerlo, es que hombres y mujeres,
independientemente de su orientación sexual, sientan que velar por la
igualdad de oportunidades y de reconocimientos es parte de su propio
proyecto de país.
Muchas gracias.

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