La librería, de Isabel Coixet.

Conocíamos la novela de Penélope Fitzgerald. O deberíamos, porque es un clásico indiscutible. En ella se muestra la visión anquilosada de la Inglaterra de mediados del XX. Desde entonces hemos avanzado. O deberíamos haberlo hecho, pero si aquellas mezquindades, luchas, gazmoñerías, indefensiones, prepotencias, abusos aún nos impresionan es porque quizá no hemos terminado de sacar los pies del mismo socavón de siempre, de ese que sigue abierto bajo los pies de las mujeres desde hace decenas de siglos.

Las zancadillas están a la orden del día en todos los ámbitos, pero a las mujeres les llegan también desde sus propias filas. Como ocurre con el personaje de Mrs. Violet Gamart, a veces, el patriarcado no tiene que mover un solo dedo, le basta con cruzarse de brazos y observar la reacción airada de aquellas que defienden el inmovilismo con uñas y dientes porque creen que están haciendo lo correcto o simplemente por envidia.

La novela tiene un pequeño anclaje autobiográfico y un claro influjo de El cura de Tours de Balzac. Con estos materiales, Fitzgerald construye una obra intimista con toques de humor y cierto tono de sátira, donde defiende valores universales aunque adjudicados tradicionalmente a la mujer: el amor por la naturaleza, las cosas sencillas y la vida apacible, el respeto a los demás, la pasión por el arte y la cultura.

Coixet no se conforma con trasladar el argumento: mediante localizaciones, fotografía y la irreprochable actuación del reparto, nos traslada a un pueblo llamado Hardborough reproduciendo esa sintaxis que es la seña de identidad de la novela.

Y allí estamos, contemplando cómo Florence Green lucha contra viento y marea, es decir, contra la hostilidad de unos vecinos que conciben la lectura como una actividad meramente utilitaria. Si lo innovador suele levantar sospechas, más aún si procede de alguien que es forastero y mujer. Contamos con una vasta herencia cultural que avala esos prejuicios.

Florence es creativa, luchadora y tenaz. Se propone convertir un edificio, con raigambre histórica pero abandonado y abocado a la ruina, en germen de cultura, y eso no se perdona cuando hasta el momento no se le había ocurrido a nadie. Cuenta con algunas ayudas, pero proceden de los personajes más frágiles del reparto: una niña tan lista como testaruda y un prócer local gravemente enfermo.

Finalmente, fracasa y tiene que abandonar. Las artimañas legales son más fuertes que ella. Por fortuna, su fracaso es solo aparente: el negocio de Florence se ve asfixiado por otro del mismo tipo, más aparatoso y comercial pero al fin y al cabo otra librería –y además enorme– en una localidad que apenas había visto un libro. Tampoco las alianzas eran tan frágiles como parecía a primera vista, los tiempos cambian, las semillas acaban germinando. En aquella humilde adolescente que debía ayudarla para dar de comer a su familia ha prendido la llama y décadas después es la nueva librera. Lo que antes parecía insólito ahora se acepta sin dramas.

Florence Green no es solo Fitzgerald, otras muchas hemos podido vernos reflejadas en ese personaje tan tozudo. Y de esa identificación nació la película. Dice Coixet Las reacciones, la ingenuidad, el no medir hasta qué punto te enfrentas a gente tan malvada en la vida. La pasión por los libros, que es uno de mis refugios. En todo esto me reconozco muy bien».

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