El viaje de Nisha: El derecho a la desobediencia

En varios reportajes sobre el que sin duda ha sido uno de los estrenos más estimulantes del verano leí que El viaje de Nisha pone el foco en las contradicciones entre Oriente y Occidente, entre culturas y religiones. No seré yo quien niegue ese conflicto en la historia de la joven Nisha, la noruega que es obligada por su padre a volver al Pakistán de sus orígenes para, suponemos, se haga consciente del papel que como mujer le corresponde. Sin embargo, me parece que el meollo de la historia no es ese, sino más bien cómo ese orden político y social que llamamos patriarcado, y la cultura machista en que se asienta, son incompatibles con un contexto democrático en el que, como mínimo formalmente, se garantiza la igualdad de mujeres y hombres. Es decir, el choque no es entre Oriente y Occidente, sino entre un modelo de convivencia en el que progresivamente las mujeres han ido ganando autonomía y otros que, condicionados por culturas y religiones interpretadas en clave fundamentalista, mantienen a las mujeres bajo el yugo de Sofía.

Con el valor añadido de estar basada en su propia experiencia, la directora Iram Haq nos muestra el horror que para las mujeres supone vivir en unas culturas que amparan y reproducen en el machismo, en las que por supuesto carecen de habitación propia y en las que no se reconoce su derecho a la desobediencia. Con la ayuda de la impresionante interpretación de la debutante Maria Mozhdah, la película nos deja claro además de que también las mujeres – ahí está la madre de Nisha como buen ejemplo – son hijas del patriarcado y por tanto reproductoras de sus dogmas. Eso sí, sin perder de vista que la posición de poder y privilegio corresponde al varón: ese padre que tiene la autoridad para dictar las normas, para interpretarlas y para sancionar a quienes las incumplen. Un padre en el que, no obstante, en algún momento de la película, comprobamos cómo empiezan a dibujarse fisuras que, quién sabe, en algún momento podrían provocar que bajara del púlpito. Solo sería necesario que dimitiera de su masculinidad hegemónica.

El viaje de Nisha, contada sin caer en tópicos ni en recreaciones exóticas de culturas ajenas, es una obra honesta y cruda, emocionante y necesaria. Nos aterroriza a medida que avanza, demostrándonos que son peores los monstruos que genera el patriarcado que la mayoría de los que imaginan los creadores. La historia de esta joven, que bien podría ser la de la vecina a la que no le ponemos nombre, viene a recordarnos dos cosas esenciales para el horizonte democrático – y por tanto feminista – del siglo XXI. La primera es que toda cultura que niegue la autonomía y los derechos fundamentales de las mujeres es incompatible con la democracia. La segunda, que el que podríamos llamar derecho a una identidad cultural solo tiene sentido si incluye también el derecho a la desobediencia. Es decir, una cultura que no permite salir de ella es una cárcel. En consecuencia, una cultura que prorroga y alimenta el patriarcado es la más terrorífica prisión que podíamos imaginar para las niñas y mujeres del planeta.

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