Desmontando la mesa de camilla

Viaje al cuarto de una madre

Al ver una película como Viaje al cuarto de una madre se entiende a la perfección la insistente reclamación de más mujeres detrás de la cámara. Porque no se trata solo de una cuestión de justicia paritaria, que también, sino de que veamos en la pantalla esa parte de la vida o esas miradas que durante siglos han estado silenciadas o devaluadas. Solo una mujer podía escribir y dirigir una película como la que nos cuenta la historia de una madre y una hija, Estrella y Leonor, unidas por más de 20 años de cordón umbilical y prisioneras en gran medida de los vínculos que con frecuencia entran en tensión con la autonomía. La opera prima de Celia Rico Clavellino nos ofrece, con los silencios y las palabras justas, un retrato emocionante, entre la comedia y el drama, como la vida misma, sobre dos mujeres que se enfrentan a la necesidad de alzar el vuelo sin traicionar las raíces.

Gracias a dos actrices, Lola Dueñas y Anna Castillo, que se merecen todos los premios del año, entendemos a la perfección cómo se tensan las cuerdas, cómo la emancipación deseada por la hija abre el riesgo de heridas, cómo amar con la intensidad que aman esas dos mujeres es un juego complicado de libertades y dependencias. Con los detalles más pequeños de lo cotidiano, y a veces con simples gestos que cualquiera puede reconocer, sobre todo me temo que las espectadoras, la directora nos dibuja a la perfección el contexto de las protagonistas (ese pueblo que apenas se ve pero que todas y todos reconocemos), sus necesidades y fragilidades, sus miedos y sus barrotes. Basta una cafetera imposible de abrir para entender los vínculos de dependencia creados entre madre e hija. Lola y Anna nos transmiten a la perfección la ternura que habita entre ellas, cómo han sido capaces de construir un microcosmos de cuidados y apegos, hasta qué punto el cordón umbilical las sigue uniendo como lo hace una mesa camilla en la que se refugian del frío y las soledades.

Viaje al cuarto de una madre es una de esas películas, en apariencia pequeña pero grande por la intensidad de lo que cuenta, que remueve las entrañas de quiénes han tenido en algún momento de su vida que reequilibrar la dependencia que crean los afectos con la autonomía que todas y todos necesitamos para realizar nuestros proyectos de vida. Algo de lo que bien y mucho saben las mujeres, tan marcadas por unos designios patriarcales que durante siglos las hicieron depositarias de amores y tareas fácilmente traducibles en cautiverios. Por ello, es evidente que solo una mujer podía contarnos una historia como la de Estrella y Leonor, haciendo al fin que el fuego prenda la mesa camilla sin que la casa se incendie y sin que haya que lamentar víctimas.

 

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