Desconocidas e invisibles

 

En pocas ocasiones coinciden en la cartelera varias películas que, rompiendo con el canon dominante en el cine más comercial, nos ofrecen la ocasión de mirar al pasado y al presente de las mujeres, o sea, de la mitad de la Humanidad. Nada mejor para contrarrestar los productos que resultan de egos autorreferenciales y estreñidos, como puede ser el de nuestro Almodóvar y su aclamada Dolor y gloria, que disfrutar de las historias que nos ofrecen películas como Conociendo a Astrid y Las invisibles.

La primera, dirigida por una mujer, Pernille Fischer Christensen, nos hace visible a la autora de la famosísima Pippi Calzaslargas, la escritora sueca Astrid Lindgren. Encarnada por una maravillosa Alba August, la película nos muestra el itinerario vital de una mujer que, desde muy jovencita, luchó por ser un ser autónomo, no dependiente de los hombres, capaz de llevar el timón de su propia vida. Una escritora que, como nos muestra la escena del baile, se resiste a seguir las convenciones y se rebela contra lo que para ella estaba escrito en un mundo de hombres. La misma energía feminista que muchos descubrimos, sin ponerle ese calificativo, en la niña que en los 70 se subía a los árboles o hacía cosas que no eran propias de señoritas. La sueca bien podría ser una de esas muchas mujeres que el canon masculino ha tenido, como diría Nuria Capdevilla, armarizadas.

Las invisibles, del francés Louis-Julien Petit, al que podríamos considerar como discípulo de Ken Loach, pone el foco en una realidad que no suele ser objeto de atención en las pantallas. En tono de comedia, Petit nos cuenta la lucha de unas trabajadoras de un centro social para mujeres sin hogar que el Ayuntamiento ha decidido cerrar. Ante esta amenaza, esas mujeres invisibles sumarán energías y harán todo lo que esté en sus manos para frenar la decisión. Las invisibles se convertirán en invencibles. Un ejercicio de sororidad que multiplicará su valentía y que nos ofrece un espejo de cuál puede ser la respuesta ante la crisis social que hoy está generando el imperio del proyecto neoliberal.

En definitiva, Astrid Lindgren y las invisibles, como tantas que a lo largo de la historia han tenido que rebelarse contra las estructuras patriarcales y androcéntricas, nos están diciendo desde la pantalla que hay una parte de la historia que no nos han contado y que la historia por hacer necesita de la voz y el poderío de las mujeres. Un mensaje radicalmente político que debería, como mínimo, remover la conciencia de cualquier espectador y de cualquier espectadora que acude al cine deseando que los personajes que ve en la pantalla remuevan no solo su corazón sino también su inteligencia.

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