Crítica teatral: ‘Una habitación propia’

Leer, releer Una habitación propia, de Virginia Woolf, implica un estimulante ejercicio de responsabilidad y compromiso cívicos: nada es capaz de doblegar esa sutilísima ironía que caracteriza su estilo ensayístico, un cómplice carácter para que quien entra en el territorio de su pensamiento se sepa parte inexcusable del mismo. Por eso, tener a Clara Sanchis convertida en Virginia Woolf sobre la escena es protagonizar aquel momento memorable-imaginado de 1928, en el que la escritora «acepta» impartir una conferencia a un grupo de jóvenes estudiantes -ahora las y los espectadores- sobre el siempre controvertido tema de las mujeres y la literatura (¿mujeres en la literatura?, ¿literatura de mujeres?, ¿escrita por mujeres?, ¿escrita para mujeres?).

Virginia Woolf comienza, como escenografía de su reflexión, compartiendo un acontecimiento personal sucedido en el mismo día: la comida, tras un encuentro de escritores, en una afamada universidad para hombres, y la cena con una eminente profesora universitaria en una universidad para mujeres. Pregunta “al final de la jornada”: ¿por qué las mujeres somos pobres? Respuesta y primera declaración de principios: una mujer ha de tener una habitación propia y, para que eso sea posible, el dinero suficiente para llegar a ser «lo que le dé la gana», como diría la filósofa María Zambrano. Pero la sociedad asigna un papel a las mujeres que imposibilita ambas exigencias, por lo que la libertad, la independencia, los derechos humanos de las mujeres no son posibles. Así de radical y cruel es tal certeza.

Cualquier pacto social que quiera crecer sobre cimientos igualitarios pasa por señalar la desigualdad evidente entre los hombres y las mujeres en el ejercicio de lo común. Parece recurrente decir que es duro oír-leer a Virginia Woolf y que el corazón se encoja confundido en el espacio y en el tiempo, como si ambos se hubieran detenido en 1928 y no hubieran pasado casi 90 años de muchas, muchísimas cosas. Pero es así. Virginia Woolf indignada tras consultar «argumentos de autoridad» en enciclopedias “autorizadas”, siempre escritas por hombres, sobre las mujeres, conduce al hecho ético que no debemos esquivar: es fácil comprender la indignación de cualquier mujer que lea cómo se la define en tales argumentos. Pero, ¿alguien puede explicar las razones de «la indignación» que tendrían que tener quienes los escribieron para haber escrito tal maraña de violentas sandeces y conseguir que pasaran por leyes incuestionables?

Pocas veces ruego algo cuando escribo una reflexión crítica. Pero en esta ocasión voy a rogar que, por favor, vayan a ver el montaje dirigido por María Ruiz, interpretado por Clara Sanchis (de quien también es la música, sobre obras de Bach); vayan a verlo, lleven a cuanta más gente joven mejor, que se desvele la mentira impuesta. Hay demasiadas mujeres sobre la tierra condenadas a no tener, jamás, su cuarto propio. Y nadie les dirá que se lo han robado, de modo que acabarán creyendo que no lo merecen, o que no era suyo; las víctimas, de nuevo, habrán sido convertidas en culpables. Jamás habrá transformación del mundo, revolución verdadera, sin que esa habitación propia se habite… Por ejemplo.

Una habitación propia, de Virginia Woolf

Dramaturgia y dirección: María Ruiz

Intérprete: Clara Sanchis

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