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Laura Freixas Lolita

Cuando hace unas semanas publiqué un artículo preguntándome si Lolita, o la interpretación que se ha hecho de ella, contribuye a hacer aceptable la violencia contra las mujeres, ya sabía que iba a provocar revuelo, pero no me imaginaba hasta qué punto. Réplicas, contrarréplicas, reportajes, columnas, comentarios… La intervención en el debate de Mario Vargas Llosa multiplicó, naturalmente, su eco, y ahora alcanza desde Bolivia y Argentina hasta Israel y se mezcla con otras encendidas polémicas en curso: sobre la retirada temporal del cuadro Hilas y las ninfas de un museo de Manchester, sobre el artículo en una revista de CC.OO. que propone eliminar los textos de ciertos autores de la lista de lecturas obligatorias en la escuela, sobre el documental The problem with Apu en el que Hari Kondabolu, estadounidense de origen indio, critica el personaje de Apu, el tendero indio en Los Simpson… Parece haber algo muy importante en juego: ¿qué es? Libertad versus censura, dice Vargas Llosa y quienes se alinean con él. Yo creo que no es eso.

Para empezar, ni la directora del museo de Manchester, ni las autoras del “Decálogo para una escuela feminista”, ni Kondabolu, ni yo misma hemos propuesto jamás censurar nada. ¿Acaso depositar un cuadro en el almacén, donde están la inmensa mayoría de obras que custodian los museos, o proponer una lista alternativa de lecturas obligatorias es censura?… Qué importa: artículo tras artículo, las palabras censuraprohibición, incluso inquisicióntotalitarismohogueras, aparecen una y otra vez. Una acusación que como hacía notar Anna Caballé, además de inexacta es paradójica, dado que históricamente los inquisidores han sido hombres y las “brujas” quemadas mujeres, y dado que el feminismo ha obtenido inmensos avances sociales sin derramar ni una gota de sangre. Poco importa, diríase, esa realidad frente a la fantasía de algunos, llena de rabiosas “feminazis” (será que no solo quemamos libros, sino que exterminamos a los hombres en cámaras de gas…).

Lo que me parece realmente curioso es que nadie, por lo visto, se pare a preguntarse quién hace esa cultura que nos acusan a las feministas de sabotear. Como si la decisión de quitar un cuadro de una sala fuera artificial e ideológica, mientras que el contenido de ese cuadro y su acceso a la sala de un museo fueran algo natural, sin lectura política posible. Como si las obras fueran el simple fruto de una libertad creativa abierta a todo el mundo, y la selección de las que pasan a la historia simple y obvio reflejo de su calidad artística.

¿Libertad? Hay un paso previo: la creación exige numerosas condiciones (desde la educación hasta una tradición en que apoyarse) mucho más accesibles para los privilegiados. ¿Calidad? No es un dato objetivo, sino algo que se aprecia subjetivamente, es decir, que aprecian sujetos, los cuales, en la práctica, se reclutan también entre los privilegiados: son muy mayoritariamente varones, blancos, de clase media o alta, quienes dirigen museos, cátedras o productoras de cine. Con lo cual nos estamos acercando a lo que de verdad, me parece, se discute: quién crea la cultura. Pues no es indiferente quién lo haga. Por poner un ejemplo, en el debate de Lolita casi todas las intervenciones defendiendo la lectura crítica de la novela que yo proponía han sido de mujeres, y casi todas las que se han opuesto a ella las han firmado hombres.*

La cultura la crean, básicamente, los grupos privilegiados, uno de cuyos privilegios –y no el menor– es precisamente el de hablar en nombre del conjunto. En el ámbito del género, ello se traduce en una equivalencia implícita que está en la base del patriarcado: la que consiste en tomar lo masculino por lo humano. Precisamente el artículo de Vargas Llosa nos ofrece de ello un ejemplo inmejorable, cuando reclama una literatura que ofrezca una “vía de escape” al “fondo retorcido de lo humano”. De que la fantasía desplegada en Lolita –un hombre mayor rapta, aterroriza y viola a una niña– es “retorcida”, no cabe ninguna duda; pero ¿“humana”? ¿De mujeres y hombres indistintamente? Por supuesto, todas y todos somos capaces de interesarnos por –incluso empatizar con– un deseo o una vivencia muy ajenos a los nuestros (sobre todo si hemos sido entrenadas para ello con muchos años de lecturas obligatorias de libros exclusivamente masculinos). La cuestión es que ese proceso –el de ponernos en el punto de vista del otro– es algo que algunos colectivos se ven obligados a hacer constantemente y otros casi nunca. La cuestión, también, es que ese proceso no carece de consecuencias. Cuando Rafael Gumucio escribe que “Lolita no inventó el abuso a menores, ni puede hacer nada para impedirlo, ni tampoco nada para fomentarlo”, a mi juicio se equivoca: fuera o no la intención de su autor (no lo era), se desprenda o no de la novela (es discutible), lo cierto es que Lolita ha sido ampliamente interpretada como “una historia de amor” o como la de una femme fatale de doce años que acarrea la desgracia de un pobre hombre inocente, y esa interpretación la convierte en una pieza de una cultura que simpatiza con los maltratadores e implícitamente exculpa la violencia que ejercen.

Afirma Vargas Llosa que, si intentamos “adecentar” la literatura, el mal se manifestaría “no en los libros sino en la vida, a través de barbaries”. Pero, como bien observa Patricia Merino, esa barbarie ya existe: en España 50 o 60 mujeres mueren asesinadas por hombres cada año, ante la indiferencia general. Para combatir ese horror, hay que despertar conciencias, como intentamos hacer las feministas; abstenerse de criticar la cultura misógina, considerándola una inofensiva o hasta beneficiosa “vía de escape”, contribuye, por el contrario, a adormecerlas.

A pesar de lo cual, insisto una vez más, no propongo ni he propuesto jamás que se censure o prohíba Lolita. Solo que podamos opinar sobre esa u otras obras, su contenido, su interpretación, su influencia, y que incluyamos en las listas de lectura otros textos, por ejemplo los que cuentan experiencias similares desde el punto de vista de la víctima (y que no por casualidad, suelen ser obra de mujeres). Queremos, en fin, luz y taquígrafos, para debatir quién se expresa, quién crea, quién decide qué obras se difunden y transmiten, quiénes, en fin, son los dueños del relato. De eso estamos hablando.

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* No es el caso de El Ministerio y CTXT, donde, de las tres “réplicas” publicadas al artículo de Freixas, dos corresponden a mujeres: las de Elisenda Julibert y Nora Catelli. Ninguna de las dos, ciertamente, se oponía abiertamente al artículo de Freixas, pero sí planteaban lecturas muy divergentes de la que ella hace de Lolita, cuestionándola de forma indirecta. (Nota de El Ministerio).