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Tanto en narrativa como en cine es difícil encajar dos géneros, más aún si se encuentran tan alejados entre sí como lo pueden estar un relato de ambientación histórica y otro dónde reina la fantasía teñida de lirismo.

Guillermo del Toro no puede negar que le atraen los ambientes cerrados, los argumentos misteriosos o terroríficos, incluso la fantasía que intenta trascenderse a sí misma poniéndose al servicio de un ideal humanitario. Si El laberinto del fauno, a pesar de sus buenas intenciones, no consiguió ejecutar completamente esa síntesis, este guión representa un paso adelante en ese difícil ejercicio.

Su particular estética bebe de fuentes variadas, pueden rastrearse influencias del comic, del cine épico, de los ambientes opresivos propuestos por el propio Del Toro en El orfanato, pero dulcificado por unas interpretaciones apacibles, tan alejadas de toda brusquedad, como si se estuviese ejecutando un ballet ante nuestros ojos. Esa beatitud, solo interrumpida por la necesidad de huir a toda costa, únicamente aspira al reconocimiento de dos mentes y dos cuerpos condenados a la marginación de por vida. En contraste con este universo de superación personal, que confunde imaginación y realidad y está poblado por identidades siempre al borde de la sospecha y, desde luego, nada dignas de atención (mujer-negra-pobre, mujer-muda-pobre, varón-homosexual, varón-no-humano-desarraigado de su ambiente), encontramos el otro, el de los militares que se sirven de la ciencia para imponer su dominio al mundo.

A principios de los años 60, con el planeta dividido en dos bloques (socialista y capitalista), ambos empeñados en un ejercicio de desgaste mutuo conocido como Guerra Fría, cuando el ideal de ser humano era –más que nunca– varón, de raza blanca, poseedor de la fuerza de las armas, con objetivos claros, definidos y realistas, un laboratorio gubernamental secreto acaba de incorporar un espécimen de costumbres anfibias y rasgos humanoides que servirá para poner en marcha un nuevo experimento dentro de la disparatada competición por el espacio exterior que tan relevante fue en aquella época. En ese contexto, nos encontramos con algún topo del espionaje soviético, un coronel –Richard Strickland, interpretado por Michael Shannon– con la aspiración de llegar a lo más alto a costa de llevarse por delante a quien haga falta, el objeto del experimento (Doug Jones), Zelda (Octavia Spencer) y Elisa (Sally Hawkins), limpiadoras del laboratorio, que descubren el tanque donde le mantienen encerrado y Giles (Richard Jenkins), un solitario artista gay, buen amigo de la segunda.

El reparto también se polariza. De un lado se sitúan los que pretenden liberar al prisionero, de otro quienes representan al sistema. Al trío formado por Zelda y Giles con Elisa a la cabeza se suma el científico-espía Robert Hoffstetter (Michael Stuhlbarg ) cuya colaboración será decisiva en un proyecto de evasión descabellado a todas luces.

El meollo de la trama lo constituye la historia de amor entre Elisa y el prisionero. Algunas críticas censuran la falta de consistencia de un supuesto enamoramiento sin lenguaje común ni experiencias previas, basado exclusivamente en la piel. Bien, olvidemos que estamos en el cine. Si mañana mismo, y debido a una mutación, apareciese una especie nueva muy similar a la humana, ¿no intentaría un acercamiento con sujetos igual de vulnerables? A mí, esa complicidad entre dos seres sensibles, sencillos y amenazados no me chirría en absoluto: lo que empieza siendo fraternidad puede conducir a cotas muy altas. La tozudez de una mujer tan frágil como Elisa, muda en una sociedad de hablantes, mujer en el templo de la masculinidad, también la considero muy humana. Las grandes gestas heroicas suelen estar protagonizadas por alguien muy humilde que lucha contra los elementos porque no se conforma con su suerte.

La mayor dificultad interpretativa está a cargo de Hawkins y Jones. La primera compone un personaje convincente en su introversión forzosa, el segundo borda un papel en el que la mímica lo es todo, ya que lleva décadas ejercitándola en el cine. Aunque tampoco desmerece ese Michael Stuhlbarg encarnando al poder represor y machista con esa expresión pétrea que tanto recuerda a determinados personajes históricos.

Puede que las mayores inconsistencias se encuentren en el elemento fantástico. Aceptamos que la extraña criatura permanezca en constante peligro hasta conseguir mantenerse estable en un medio acuático, pero las curaciones milagrosas, inundaciones sin consecuencias y ese luminoso y submarino desenlace tienen un cierto regusto a película animada o a comic y no podemos evitar acordarnos de escenas parecidas aunque no lleguemos a identificarlas.