Yo también

Publicado originalmente por El Periódico.es el 13/01/18.

No se lo han inventado las actrices que vistieron de negro en los Globos de Oro. Algunas mujeres valientes llevan décadas denunciando el acoso y sus consecuencias. Algunas, como la novelista Margaret Atwood, en novelas escritas hace más de 20 años. ‘El cuento de la criada’ y ‘Alias Grace’, dos de las mejores obras de la autora canadiense, recientemente adaptadas a la televisión, son dos alegatos contra la vieja historia del mundo: hay hombres que ejecutan, avasallan, abusan y dañan. Hay mujeres que aguantan, temen y callan. Puede que cueste mucho erradicar ciertas actitudes. Pero el silencio ya es historia. 

La semana que viene sale a la venta un libro sobrecogedor, ‘Te encontré. En busca del hombre que me violó’, publicado por Errata Naturae. Es la crónica de la periodista estadounidense Joanna Connors en busca del violador que a los 30 años le destrozó la vida. Cuenta por qué quiso saber y cuánto dejó en el camino. Es un relato terrorífico, que debería ser de lectura obligada para los condenados por delitos sexuales y para los abogados que se atreven a defenderles.

En 1990 yo tenía 20 años. Fui a entrevistar a un empresario teatral barcelonés para el periódico donde trabajaba. Él era más que sesentón. A media entrevista me pidió que me subiera la falda y le mostrara las piernas. Me dijo que sabía reconocer a una artista en cuanto la veía. Se quedó muy sorprendido de que yo rechazara su oferta. Le dije —varias veces, si la memoria no me falla— que lo que yo quería era escribir. “¿Escribir? ¿Y para qué?”, preguntó, extrañado. No volvió a sacar el tema y yo acabé la entrevista en paz. Sorprendentemente, fue tan disparatado que no ha cristalizado en mal recuerdo.

Tres agresiones
Dice Bel Olid en su libro ‘Feminisme de butxaca’ que las mismas mujeres somos quienes más negamos haber sido objeto de tratos denigrantes o, directamente, delictivos. Es una pésima señal: tenemos tan asumido un determinado orden (patriarcal) de cosas que ni siquiera sabemos reconocer que nos ofenden. Admito que lo tuve que pensar. Me alarmé, comencé a preguntar a las mujeres de mi entorno. Me di cuenta de que todas podíamos elaborar una lista similar a la que me dispongo a compartir. Sentí pánico. Soy madre de una adolescente. A la edad que tiene mi hija yo ya había sufrido tres agresiones. Las tres fueron en la calle, obradas por desconocidos mayores o muy mayores. El primero me magreó una nalga. Yo tenía poco más de 11 años e iba camino del colegio, con mi uniforme y mis calcetines azules de lana por debajo de las rodillas. Solo se me ocurrió llorar y echar a correr.

El segundo y el tercero compartían ‘modus operandi’: restregarse contra un cuerpo aún infantil (algo que, aún hoy, me pregunto qué placer reporta). Sentí pánico en ambas ocasiones, a pesar de no saber reconocer lo que estaba pasando. Uno de ellos era el propietario del colmado donde mi amiga y yo comprábamos la merienda al salir del cole. Nos intimidó a las dos. Igual le gustaban los tríos con casi bebés, al muy asqueroso.

Los siguientes dos tenían más nivel cultural, pero por lo visto el conocimiento no aprovecha mucho en estas cosas genitales. Un ejecutivo que viajaba a mi lado en el bus y un directivo de un periódico para el que trabajé. Pero el mejor, sin duda, fue un conocido escritor a quien acudí a entrevistar una tarde de mis 22 años. Me citó en su habitación de hotel y me recibió casi desnudo y tumbado en la cama. En la habitación no había más lugar donde sentarse, así que me quedé en una esquina del colchón. Solo me levanté un momento para rogarle al fotógrafo del periódico que por favor no me dejara sola con él. Mi compañero me hizo un gran favor: se quedó hasta el final. Durante la entrevista, el famoso escritor, visiblemente molesto, no dejó de hablar de sexo ni un segundo, en un tono de lo más enérgico. Al salir, mi compañero me dijo: “Pensaba que iba a pegarme”.

Fe en los jóvenes
Hasta aquí la crónica de mis encontronazos con cavernícolas (por lo atrasados). Pero ha habido más agresiones, claro, más sutiles. Colegas escritores de mi edad o más jóvenes que querían saber con quién tuve que acostarme para ganar tal o cual premio o para publicar en tal o cual editorial. Amigos que alguna vez han alabado mi trabajo diciendo que es “muy masculino” (convencidos de que eso era un cumplido, claro). Incluso llegaron a inventarme tórridos romances con candidatos al Nobel de edad respetable. En fin, les aseguro que hubo una época en que todo esto no me daba risa.

Tengo fe en los más jóvenes. Para ellas —y para ellos también— el horror es mucho más evidente. No tienen que pensarlo. Reconocen lo inaceptable nada más verlo. Lo combaten. He aquí por qué hay que denunciarlo todo, en voz alta. Hacer películas, discursos, vestir de negro, componer canciones, escribir crónicas, versos, novelas. Artículos.

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