Tiempo de silencio

Acudo a la representación de “Tiempo de silencio” con una curiosidad extrema. Imposible no preguntarse cómo pasar a escena un texto narrativo tan difícil como es la novela que Luis Martín Santos escribió en 1961. Pero allí me encuentro con una inteligencia brillante y feroz que ha sabido sacarle punta a lo más dramático de lo dramático, afilar y condensar monólogos interiores, intercalar voces de narradores al hilo de los diálogos. Y todo ello sin desfallecer.

Si la novela, con todos mis respetos, me hizo bostezar en alguna que otra ocasión (entre reflexiones, monólogos y descripciones), la obra de teatro me deja clavada a la butaca a lo largo de dos horas. Y sí, no cabe duda, es admiración lo que siento.

El trabajo actoral es magnífico. El movimiento de una cabeza que se eleva o la curva de unos brazos que se dejan caer se convierten en ondas de significados o en algo tan concreto que se puede masticar.
El muro al fondo, que apoya y acompaña a la acción, es tan potente que parece convertirse en un personaje más. Y qué decir de esa maletita, tan simple y tan sencilla, que lo mismo hace las veces de radio o del tic tac de un reloj a lo largo de varios interrogatorios.
Y para finalizar, una plataforma giratoria que nos hace sentir las pisadas de mucha gente que vienen y van, que se ajustan a la corriente o intentan ir en contra de ella, que se sienten perseguidas, que se alejan, que se encuentran. Algo incansable y tan cansado como aquella época en la que respirar suponía todo un logro.
“Tiempo de silencio” nos hace recorrer burdeles sucios, pensiones con olor a repollo, verbenas envueltas en fritangas y callejones tan tristes como los que recorrió Max Estrella en “Luces de bohemia”. Aunque yo no acabe de ver la caricatura, si por ella entendemos algo que extrema o deforma la realidad. Yo lo que veo es la realidad misma con su dosis exacta de oscuridad e impotencia; reflejada en hombres cobardes o violentos y en mujeres que se dejaron la dignidad por el camino.
Salgo del teatro La Abadía sin aliento, preguntándome si hoy, nosotros, nos conformaremos con lo que hay, si renunciaremos al progreso personal y social, si nos agotaremos de todo y buscaremos un hombre que nos mantenga y nos viole cada noche, si nos hundiremos en un silencio tan total como el de entonces, a fuerza de no vivir de verdad, de no creer, de no soñar. Como si todo se hubiera ido por el desagüe y la palabra ilusión estuviera en desuso.
Quiera el universo que no nos den la vuelta en la parrilla, como a San Lorenzo, por una
simple cuestión de simetría.

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