Terra firma

En todo ser humano hay algo que resulta externo e inalcanzable a los demás. Por más que conozcamos a la persona, incluso que sea amiga nuestra, que tengamos la oportunidad de leer sus escritos más personales, no hay modo de acceder al conocimiento del Otro, como también el conocimiento de nuestra propia subjetividad mantiene un fondo opaco, extraño, ajeno a una sistematización. Pero a veces, como creía William James, parece que escuchamos el pulso del Ser y surge la impresión de un profundo acercamiento. En general, aunque pienso en lo que me sucede a mí, la escritura autobiográfica proporciona la ilusión de este acercamiento. Y eso me ha sucedido con la lectura de la segunda entrega del diario de Laura Freixas, Todos llevan máscara. Diario (1995-1996), un volumen muy superior al anterior por la mayor riqueza de las referencias y la madurez de las anotaciones. No me convence el título (y menos la cubierta). No entiendo el énfasis en la máscara a no ser que la autora se refiera a los demás, porque precisamente el Diario de nuestra presidenta de honor va en dirección contraria al encorsetamiento que tan a menudo encontramos en la autobiografía española, preocupada por caer de pie y ocultar lo más oscuro de la propia identidad bajo el tejido de la elipsis. Laura Freixas muestra un saludable empeño por todo lo contrario, por exponer a la luz del sol los aspectos menos confortables de su personalidad, con el riesgo evidente a ser groseramente psicoanalizada. No me resisto a ello. Los aspectos a los que me refiero son dos fundamentalmente: el temor pánico al fracaso literario, a que no se la reconozca, y un sentimiento, que la autora combate denodadamente, de envidia hacia quienes lograron lo que ella ansía con verdadera fruición. Realmente sorprende en una personalidad intelectual de la talla de Freixas, en alguien que ha recibido una excelente educación, que ha hecho lo posible por perseguir su sueño, comprobar que la naturaleza del mismo, todo su encanto, se funda en algo tan espúreo y volátil como el triunfo social. Pero es un deseo tan poderoso que parece escapar a su control cognitivo de las cosas para colorearlas a la luz de un imperativo que no dependiendo de ella se convierte en un mecanismo generador de ansiedad. Eso, por ejemplo, lleva a la autora a preocuparse más, infinitamente más, por los pasos de su trayectoria literaria que por la escritura en sí y adónde se propone llegar con ella. Con ello no quiero decir que la autora no se preocupe por la creatividad, porque Freixas todo lo piensa en la clave de un destino genuinamente literario, sino que la angustia por el resultado de lo que hace se impone a la experiencia vital coartando en cierto modo la felicidad por la que lucha. A sus 37 años la autora se halla en el quicio de una vida verdaderamente adulta y las espadas, al final del Diario, quedan en alto. Ha conocido el éxito con la publicación de su pionera antología Madres e hijas pero la idea de que aquel acierto es suficiente pronto se revela absurda: hay que seguir ascendiendo en la difícil cucaña de la vida literaria. Como lectora deseo seguir conociendo la andadura vital de Laura Freixas, sean cuáles sean sus logros y descubrimientos futuros, porque ahí tenemos la historia de una mujer que no se oculta de sí misma, que nos mantiene pegadas a la terra firma de la vida concreta.

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