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Entre dos hombres. Entre dos homes

 

Entre dos aguas de Isaki Lacuesta (España, 2018)

En Entre dos aguas, el director Isaki Lacuesta vuelve doce años más tarde al escenario y protagonistas de La leyenda del tiempo (2006). Si la primera película mostraba como los hermanos gitanos Isra y Cheíto pasaban de la niñez a la adolescencia, Entre dos aguas resigue sus vidas adultas.

Transcurre en un paraje grandioso, de una belleza indómita; un protagonista más del film. En una barriada de San Fernando, en la Casería de Ossio, que moja sus pies en las mareas de la bahía de Cádiz y la contempla toda. Realiza incursiones a Rota y el Puerto de Santa María. Aprovecha incluso el desatino urbanístico de las tres torres altísimas perpetrado en la Casería para que vislumbremos mar y dunas, caños y esteros, puentes y canales; el relumbrón de la luz en las salinas. La vida de los hermanos transcurre en un tiempo benigno. En invierno no son ninguna broma las penalidades de las mujeres y los hombres que allí viven y —si tienen ocasión— trabajan cuando salta el Levante, siempre temible y áspero, y el inclemente y salvaje Atlántico bate la costa.

Mientras la película se circunscribe a los avatares de la vida de ambos hermanos funciona la mar de bien. El problema radica en que Lacuesta pretende explicar también a partir de este caso particular la miseria y la crisis de un tiempo y de un lugar, y es aquí donde la película empieza a chirriar, puesto que su elección (está en su derecho y es muy libre de hacerlo como quiera) deja de lado completamente la experiencia femenina, las vicisitudes de unas inexistentes protagonistas. LEER MÁS »

¿Amores “imposibles” en blanco y negro? No, gracias

 

Aunque recelo mucho de las películas Oscarizables, sí tengo curiosidad por directores/as que van más allá en el terreno visual. Cold War, aúna ambas características y decidí darle una oportunidad. Como en su anterior película, Ida (2013), el director polaco Pawel Pawlikowski apuesta por el blanco y negro para viajar al pasado, en este caso a los convulsos años sesenta en Polonia, y retratar una historia ¿de amor? entre un músico y una joven campesina con dotes para el cante y el baile. Se conocen, se desean, ocultan su relación, tienen relaciones con otras personas, se distancian, se buscan, se encuentran… Todo esto con un conflicto político de fondo, la verdadera Guerra Fría, en realidad lo más interesante de la película. Contexto histórico que se vende como el obstáculo de este amour fou en el que peso fou recae, mira tú por dónde, en ella, personaje veleta que hace morir de amor a su amante. Ay, la mujer celosa. Y erre que erre que son el hombre y la mujer de sus respectivas vidas.

El director de fotografía, Lukasz Zal (Ida), te lleva a pensar en La Dolce Vita de Fellini en una de las mejores secuencias de la película, el baile en el club parisino. La diferencia con Fellini es que, al menos a mí, me ha faltado mucho contenido. Porque claro, luego ves Roma de Alfonso Cuarón, director mexicano que en pleno caos migratorio en la frontera estadounidense le da el protagonismo a una empleada doméstica en el México de los setenta, y te das cuenta de que solo un fotograma de Roma tiene mil veces más contenido, y sobre todo sentido, que Cold War. Digo Roma como puedo decir Toro Salvaje (Scorsese, 1980) o cualquier apuesta fílmica en la que el blanco y negro encierre mensajes realmente potentes, controvertidos, reflexivos… Necesarios. LEER MÁS »

El ajuste de cuentas de Concha de Marco

 

Concha de Marco (Soria, 1916-Madrid, 1989) fue una poeta y ensayista española, autora de siete poemarios que fueron publicados entre 1966 ‘Hora 0,5 y 1974 ‘Una noche de invierno’. Como ensayista publicó ‘La mujer española en el Romanticismo’ (1969) y fue coautora de una ‘Guía de Soria’ (1970). Para el también escritor y ensayista José María Martinez Laseca, autor del libro ‘Concha de Marco en carne y verso’, su poesía, es “limpia, transparente, de palabras precisas, aunque en ella se advierta un hondo palpitar doloroso y metafísico”. Y de su persona destaca su espíritu libre y rebelde, su afán de independencia y la altura de sus principios. Su nombre, como el de tantas otras mujeres de su generación, está sin embargo velado por la desmemoria y por un hecho trascendental en su vida, haber pasado a la historia reciente de este país como la esposa del crítico de arte y ensayista Juan Antonio Gaya Nuño. Como a muchas escritoras, pintoras, dramaturgas de su generación, su obra y su nombre quedó ensombrecido por la obra y la personalidad de su compañero de vida. Pero lo que hace diferente el caso de Cocha de Marco es su voluntad de que así fuera. Ella se consagró en cuerpo y alma a los intereses intelectuales de su marido, por amor, pero, sobre todo, por la admiración que le profesaba. Este hecho, muy común en su época, tiene mayor relevancia en el caso de una mujer que siempre defendió la igualdad entre hombres y mujeres.

Su peripecia vital fue la de los vencidos de la guerra civil. Se casaron en plena contienda y una vez finalizada se mantuvieron fieles a la República y a sus principios. Nunca se fueron de España, él sufrió pena de cárcel y a punto estuvo de morir durante la condena. A su salida de la prisión, el matrimonio se estableció primero en Bilbao (a donde fue desterrado Gaya Nuño), luego en Madrid ciudad en la que, alternando con breves estancias en Barcelona y otros destinos, vivieron prácticamente toda su vida. Nunca pensaron abandonar España, aunque pagaron por ello un precio muy alto por el ostracismo y las represalias de un régimen que los marginó y dificultó su carrera profesional. LEER MÁS »

La manta de Buero

Reivindicar por ausencias: Historia de una escalera

Se preguntaba Buero Vallejo la causa de que un compañero del campo de concentración compartiera su manta con él. Hombre tímido, sensible y solidario, que criticó la brutalidad y la guerra en todas sus obras, los años de contienda, de cárcel y derrota le habían robado algo más que tiempo. Su agradecimiento a Juan Barrios era eterno, porque teniendo poco, apenas nada, una manta, le hizo partícipe de lo más preciado: dignidad de ser en plena lucha. Pareciera que no se puede elegir en los momentos difíciles, y, sin embargo, son esos instantes los que te enseñan la envergadura moral de lo que es correcto. Contaba Buero que el egoísmo y la lucha por la supervivencia en la contienda y el campo de concentración hacía que cada uno mirara para si: “el suministro era muy escaso, por las noches hacía frío y yo no tenía nada. El que tenía una manta se envolvía y el que no…”

Juan Barrios le ofreció su manta a un hombre aterido de frío y Buero no lo olvidó porque le debía la vida. “Yo sé cuánto vale un hombre cuando, en plena necesidad, no comparte ni un mendrugo de pan”.

La obra de teatro “Historia de una escalera” llega a los bachilleres y nos preguntamos si un dramaturgo como Buero ampliaba su solidaridad al género femenino. Parte de la crítica y del profesorado piensa que Buero quiere enseñar el papel de la mujer en aquellos años de posguerra y necesidad: una mujer cuyos sueños consisten en casarse y procrear, o en huir de las injusticias. Grandes diferencias entre ellas y “la vieja pagana”, o “la hija de la Dolores”, que no quiere casarse, y pueblan Yerma de Lorca.

Frases de la vieja pagana que me parecen vitales: “¿Dios? (…) a mi nunca me ha gustado dios. ¿Cuándo os vais a dar cuenta las mujeres que son los hombres los que tienen que ampararnos?” LEER MÁS »

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