Roma

 

 

Desde que el cine llegó a su madurez y todo el mundo puede obtener una excelente fotografía, guiones bien elaborados y un mensaje tranquilizador con su pequeña chispa de polémica, salimos de las salas satisfechos, pero con la sensación de que, una vez más, hemos visto la misma película. Echo de menos experimentación formal, contenidos verdaderamente transgresores y, sobre todo, que ambos se combinen para lograr un efecto contundente. Me maravillan esas películas (o novelas) capaces de sacarnos de nuestra cómoda rutina y sumergirnos en una realidad apabullante, en escenarios que, sin estar construidos para impresionar al espectador, transmiten verdad y una mirada nueva sobre cuestiones que se han ido desgastando por la fuerza de la costumbre.

Todo esto es Roma, de ahí lo merecido de su éxito. Desde el principio, la fotografía en blanco y negro nos traslada a una vida cotidiana donde las mujeres se siguen encargando de procurar el confort indispensable para que en la esfera pública –la única visible– cada cosa esté en su lugar. Y justo en ese punto, cuando percibimos la ausencia de color, aparece el agua, primero de la multitud de símbolos que asimilaremos consciente o subliminalmente. El agua como paradigma de limpieza, pero también de fuerza, salud y trabajo doméstico. En esa existencia sencilla y sacrificada hay niños, un perro, comida, recados, los omnipresentes rumores de la calle y la música de radio, afecto, ilusión, diversiones, un parto angustioso, un heroico salvamento. Cleo –por motivos que no vienen al caso– no puede contar con su auténtica familia, pero es valorada y querida en la casa donde sirve. Con el tiempo, todos esos elementos irán estrechando lazos entre ella y la dueña de la casa, pero será el rechazo de sus respectivas parejas lo que acabará creando complicidad entre una y otra.

Los símbolos masculinos, aunque no abundan, impactan. El primero, su significativa ausencia en pantalla. Los hombres aparecen poco porque, por un motivo u otro, suelen estar lejos. El marido de Sofía, al que se espera como a un mesías, lo conoceremos dentro de su coche, ocupando lentamente el garaje, en un memorable primer plano al que envuelve una solemne banda sonora que no puede resultar más irónica. Las artes marciales que tienen obsesionado a Fermín, el novio de Cleo, no son sino la extensión de su carácter violento. Las brutales escenas de la conocida como Masacre del Corpus amplían el foco, contrastando todavía más con la plácida –y, naturalmente, algo idealizada– vida de familia.

Cuarón no ha tratado de crear un argumento original, lo que muestra es aquello que se repite demasiadas veces, lo que es común a muchas vidas, en los años 70 de su infancia, en Roma, la colonia donde tiene lugar la acción, y en todos los lugares y épocas.

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