¿Escribir es una maldición que salva?

 

  • No escribió la novela del dictador, como García Márquez o Roa Bastos, sino los cuentos del ama de casa
  • Los textos de Lispector son reconocibles, pero no inmediatamente; la variedad de su obra es desconcertante

 

¿Por qué la escritora brasileña Clarice Lispector (1920-1977) está conociendo un auge tan espectacular? En Brasil es una heroína nacional, citada hasta por futbolistas, leída hasta el punto de que algunas de sus novelas pueden comprarse en máquinas distribuidoras en el metro; de sus obras se extraen espectáculos teatrales, musicales, coreográficos, películas y series de televisión; algunas citas de sus cuentos –como “sopló la pequeña llama del día”– se han convertido en frases hechas. En el extranjero, las mejores editoriales –Des Femmes en Francia (responsable, gracias al entusiasmo de Hélène Cixous, de su lanzamiento internacional), New Directions en Estados Unidos, Siruela en España– están publicando sus obras completas. Los estudios, tesis y congresos sobre su obra se multiplican, y a las dos biografías brasileñas existentes (debidas a Nádia Battella Gotlib y a Teresa Montero) se añadió el verano pasado otra, completísima, escrita por el norteamericano Benjamin Moser. Pero quizá la pregunta está mal planteada. Lo que debería intrigarnos no es por qué Lispector está siendo conocida ahora, sino por qué no lo fue en su momento, en la generación a la que pertenece: la del boom latinoamericano. La respuesta, sin duda, es que Lispector era diferente.

Diferente, para empezar, porque los escritores del boom eran hispanoparlantes, mientras que ella escribía en portugués. Los García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Borges, Donoso… se beneficiaron de la potente industria editorial española, que difundió sus obras. Lispector habría necesitado, además de un primer editor brasileño (que no siempre le fue fácil conseguir), otro editor, dispuesto a traducir sus obras al castellano; y eso sólo lo obtuvo muy tarde.

Un segundo motivo por el que la obra de Clarice Lispector ha tardado tanto en difundirse ha sido su desconcertante variedad. Una de las reglas más elementales de la publicidad en un mundo saturado de información consiste en poder identificar fácilmente el producto: algo que se pueda definir en dos palabras –cuentos fantásticos, novela histórica, realismo mágico–, que resulte inmediatamente reconocible. Y los textos de Lispector son reconocibles, pero no inmediatamente. Sus relatos, sin pretensiones aparentes, que hablan de amas de casa, de niñas, de viejas… son muy distintos de esa extensa y enigmática novela que es La manzana en la oscuridad. Esta, a su vez, poco se parece a la breve, intensa, inspiradísima La pasión según G.H. La cual por su parte no tiene nada que ver con el tono sarcástico y los ridículos protagonistas –una mecanógrafa sucia y pobre, un obrero metalúrgico pretencioso y cruel, un escritor aburrido– de La hora de la estrella…

Claro que, a poco que se analicen sus obras, se descubren los denominadores comunes: la mujer humilde dotada de una intensísima vida interior que ella misma no entiende muy bien; la pareja maestro-discípula, que encarna dos vías de conocimiento, la una racional, la otra instintiva; la imposibilidad de comprender al otro, sea un animal, sea una persona de clase social o sexo diferente al nuestro; la creación como misterio…

En una primera etapa, esa temática se tradujo en novelas densas, cuajadas de símbolos: Cerca del corazón salvaje (1943), La lámpara (1946), La ciudad sitiada (1949), La manzana en la oscuridad (1961)… El segundo período, en el que la escritora, separada de su marido, vive otra vez en Río de Janeiro, se plasmaría en obras muy distintas entre sí: la experiencia mística de La pasión según G.H. (1964), la novelita de amor Un aprendizaje o el libro de los placeres (1969), el monólogo interior de Agua viva (1973), el sorprendente libro de relatos eróticos escritos por encargo El vía crucis del cuerpo, la corrosiva La hora de la estrella (1977), y por último una novela con una fuerte carga de especulación filosófica, inacabada, que se publicó póstumamente bajo el título Un soplo de vida (1978).

Pero hay sin duda otro motivo de que Clarice Lispector, al igual que otras grandes autoras, como la chilena María Luisa Bombal o las mexicanas Elena Garro y Rosario Castellanos, no fuera considerada parte del boom latinoamericano, y es su condición de mujer (como lo señaló Nuria Amat en un rotundo artículo, Maestras de escritores, publicado en el número 198 de Claves de razón práctica, diciembre de 2009). Los componentes oficiales del boom compartieron, por su condición de varones, varias características. Tenían la responsabilidad de mantener a su familia; lo hicieron en general escribiendo en la prensa, lo que les dio a conocer.

Se instalaron, seguidos por sus esposas, allí donde su trabajo podía ser más fructífero: en Barcelona, por ejemplo. Se interesaron activamente por la política. Mantuvieron una estrecha relación entre ellos, tejiendo así las redes de todo tipo –personales, literarias, ideológicas, de intercambio de favores…– susceptibles de ayudarles en sus respectivas carreras, y que contribuyeron a presentarlos al mundo como un bloque. Por contraste, Clarice Lispector, como muchas escritoras, se interesaba menos por los asuntos públicos que por la vida privada; sus temas, nada frívolos por otra parte (el ser, la conciencia, el lenguaje, el conocimiento, Dios, la creación), los encarna casi siempre en personajes femeninos; ella no escribió –como García Márquez o Roa Bastos o tantos otros– la novela del dictador, sino los cuentos del ama de casa. Sólo eso habría bastado para marginarla.

Pero además, está la vertiente biográfica. Aunque tenía una vocación arrolladora (que vivía como una condena: “escribir –decía– es una maldición, pero una maldición que salva”), Clarice Lispector llevaba una vida muy distinta a la de los otros escritores de su época. En lugar de vivir, como ellos, en su país o en ciudades extranjeras importantes, ganándose la vida con el periodismo y la literatura, y en constante trato con sus pares, Lispector, siguiendo a su marido, se trasladó a lugares remotos; durante quince años, editores y lectores la olvidaron. Se reincorporó a su país y al trabajo periodístico tarde y con dificultades para hacer vida socio-profesional, pues debía atender a sus dos hijos, uno de ellos esquizofrénico (su ex marido estaba entonces en Varsovia). Y su imagen no era tampoco la que más le convenía.

Nos hemos acostumbrado a visualizar al escritor como un ser egocéntrico, de fuerte personalidad, solitario o cómplice de sus colegas, compartiendo discusiones políticas, juergas, manifiestos… Aceptar que la genialidad pueda encarnarse en una esposa de diplomático que prepara cuencos de agua fresca con pétalos de rosa, como hacía Lispector (odiándolo, según declaró después), para que se laven las manos los invitados a sus elegantes cenas, cuesta. Pero bien está lo que bien acaba. Hoy Clarice Lispector es unánimemente reconocida, por el mundo intelectual y académico, por las y los lectores más exigentes, y poco a poco por un creciente público, como uno de los grandes genios de la literatura de todos los tiempos.

Publicado en La vanguardia

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