El laberinto robado

No solo los objetos se pueden robar, también los pensamientos, la música, los hallazgos. Los ladrones de ideas suelen abusar de su poder: el jefe que hace suyos los aciertos de sus subordinados, el artista consagrado que aprovecha la inspiración de un principiante, o el hombre que pone nombre a los logros de una mujer.

Rodin se atribuyó esculturas de su alumna Camille Claudel. En el repertorio musical de Schumann figuran composiciones de Clara Wieck, su mujer. La matemática Mileva Marić contribuyó a la teoría de la relatividad de su marido Einstein, pero el Premio Nobel no reconoció su aportación.

El primero en apropiarse un éxito compartido fue el héroe griego Teseo. Hubo en Creta un monstruo, híbrido de hombre y toro, que vivía en un laberinto y devoraba carne humana. Teseo se propuso alcanzar la fama matándolo. Ariadna, su amante, resolvió el problema esencial: cómo salir de la diabólica mansión de los mil pasillos tras vencer al Minotauro. Le dio un ovillo de hilo que fue desenrollando al adentrarse en el laberinto y luego señaló el camino de salida. La hazaña de Teseo fue posible gracias a la inteligencia de Ariadna, pero él temió ser eclipsado. Aunque prometió matrimonio a la joven, tras la victoria la abandonó en una isla desierta. El ingrato Teseo acabó con un monstruo para convertirse en otro: un devorador de gestas ajenas.

Columna publicada en Heraldo de Aragón el 30 de abril de 2018

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