“El arma arrojadiza”

Existe una violencia estructurada que no es física, la cual puede parecer menos urgente, pero viaja a sus anchas de la mano de la que nos está matando y ha sido así durante siglos de historia.

Esa violencia estructurada conlleva un pacto de silencio.

Cuando fue antiestético callar a las mujeres estudiosas y sabias, comenzará otro discurso que continúa en muchos de nuestros intelectuales actuales: el de la excepción. Si no mucho más dañino que aquel que nos echaba a todas del mundo de la compresión ontológica, sí extremadamente misógino por negar la mayor: nuestras capacidades.

Cuando se entiende  como norma la inferioridad de un sexo, y como  rarezas los discursos  de  ámbito superior que se salen de la norma, al igual que Mendel y sus guisantes, esto reduce  nuestra capacidad de inteligere a una especie de “gen recesivo” o mutación  que  una minoría excéntrica podía o no tener. Algo así como a las  rubias, morenas y pelirrojas el ser albina. No hay estulticia mayor que considerar el esfuerzo y la capacidad de genio femenino excluido de la norma.

Mientras el hombre privilegiado acudía a la formación universitaria en plena Edad Media, la mujeres, que  quedaba fuera de este ámbito, aprendían en el ámbito privado o en conventos.

Previo a la violencia física como violencia estructural contra la mujer, está el menosprecio intelectual durante muchísimos siglos de nuestro pasado.

Pocos presocráticos, quitando a Pitágoras, incluían en sus clases a mujeres. Durante cientos de esos años en los que se nos negaba la educación aludiendo a que éramos bellas  “forma” sin capacidad de logos, los hombres para ser hombres, defendían  el hecho de silenciarnos abruptamente en base nuestra incapacidad intelectual, nunca en base a nuestra falta de formación o de poder. Hecha la ley, hecha la trampa.

En todas las épocas existieron mujeres con poder o capacidad (o ambas cosas), que  pudieron entrar en el sistema de aprendizaje de forma autodidacta o porque formaban parte del negocio familiar paterno ( pintor, escultor, escribano…), o porque tenían una clase social y una familia privilegiada.

¿Por qué estas excepciones a la forzada norma no nos llegan como parte del relato o de un discurso histórico ?

Porque la historia nunca ha sido común.  Amelia Valcárcel lo llama  “la historia interesada”.

Amorós decía que se le atribuía a lo genérico la norma de lo masculino, en todas las áreas, se hizo lo mismo: ¿síntomas del infarto de miocardio? Escribía Tasia Arangúrez esta semana un artículo maravilloso en donde demuestra cómo se han estudiado los síntomas del fallo cardiaco en hombres y se ha aplicado a hombres y mujeres. Sin tener en cuenta que nuestros síntomas son diferentes.

Todos los ámbitos están contaminados de esta norma que Amorós llamaba literalmente “lo masculino como genérico” Atribuyendo como  norma de  una intelectualidad universal lo propiamente masculino.

Así el relato  de la sabiduría y de la inteligencia se vuelve masculino también como norma general. No solo los síntomas de un infarto son los del hombre.

Aspasia, Hipatia, Safo, Eloísa, Hildegarda de Bingen ( la da Vinci del siglo XII),  Trotula de Salerno (médica) las escritoras mozárabes, las trovadoras como la condesa de Dia, las ilustradas,  la querella de las mujeres que Ana López Navajas unifica de forma brillante a las sufragistas, las Beat, y así hasta llegar a la actualidad, son consideradas excepciones.

Así las matemáticas como Teano de Crotona y científicas como Agnodice de  Atenas, Aglaonice de Tesalia son consideradas excepciones a la norma.

¿Cómo puede ser que, aunque algunas  se perdieron en la “noche de las sombras más primigenia” por no ser importantes, la excepcionalidad tampoco entre, a día de hoy,  en ningún canon ni lista?

Los primeros escritos con autoría, con nombre y apellidos pertenecen a una mujer: Enheduanna, hija del rey Sargón I, 4000 a.c. ¿Qué libro de historia o literatura universal tiene este dato en el ámbito educativo? El 0%.

La violencia estructurada tiene un origen psicológico que consiste en romper el relato de la normalidad. Cuando la norma general es la masculina, debemos pensar por lógica que la femenina es la historia de una exclusión.

Hacer ver que somos cuerpo y no logos conlleva un trabajo psicológico esforzado y meritorio. Llevarlo a cabo durante siglos es un sistema: Patriarcado, el cual se aseguraba su victoria y sus posesiones reduciéndonos nuevamente a lo corpóreo.

Violencia estructural que a día de hoy persiste y hace que las mujeres se obsesionen con su físico, ya que pasan por colegios, institutos o universidades siendo  “cuerpos” de un relato de ausencias que nunca les ha pertenecido.

¿Acaso pensamos que cuando estudiamos como norma general la historia del patriarcado en todas las áreas vamos a salir indemnes de ello?

Roto nuestro relato, este se convierte a su vez en arma arrojadiza contra nuestra salud mental, física, y contra nuestros derechos. Merma la autoestima, fomenta el auto-odio, nos forma en la misoginia, relato del cual bebemos hasta embriagarnos. Y es que, sin descubrir a “las nuestras”, seguiremos en  lo particular.

¿Acaso no pasamos por la vida buscando nuestro reflejo en el espejo? ¿Sin encontrarnos?

Cuando se estudia sin segregación intelectual  se construye.

El día del 8M que no se nos olvide que la violencia estructurada también se cobija cómodamente aniquilando nuestro relato. No es el cuerpo el que muere, por llevarle la contraria a santa Teresa, es nuestra esencia, nuestra alma como seres capacitados.

No olvidemos que nuestra historia es la historia de esa segregación. De no hallarse en el 90 %  de ningún temario.

Como advierte  Ana López Navajas con su brillante y reivindicativa voz: “debe procurarse la doble perspectiva masculina y femenina”

No tenéis  un libro de texto en las manos, tenéis un arma, de la cual sistemáticamente  se nos ha excluido, incluso a las más premiadas y sabias de  una época, las cuales  con su muerte caían en el más miserable de los olvidos.

¿Debemos continuar siendo una “Paupercula forma” del ámbito de lo privado?

Si no entramos en los temarios sostenemos un discurso que no nos pertenece.

Las niñas verán normal sentirse inferiores cuando su imaginario en formación no halla ningún reflejo en el espejo de lo genérico que no sea masculino.

¿Es ese el mundo que queremos seguir perpetuando?

La ley de educación habla de épocas o temas científicos, históricos, literarios, etcétera de forma neutral.

Pero lo genérico no es neutral.

Solo una ley que introduzca la perspectiva de género en los temarios puede reparar esta violencia o acto forzado de excluirnos y segregarnos del mundo académico. Se trata de justicia y de devolvernos la normalidad.

Mientras tanto seguimos echando tituladas y titulados de todas las fases del sistema educativo que estudian el discurso masculino como lo genérico.

Un libro, una lista, un canon: armas que han sido nuestras alas para poder despegar al viaje del mundo de la razón. Armas que son los escalones de nuestro movimiento y de nuestras vindicaciones.  Ya decía Machado “el que no tiene memoria no se conoce a sí mismo”.

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