¿Cómo reconocemos y nos representamos el poder de las mujeres en nuestras sociedades?

Mary Beard: Mujeres y poder. Un manifiesto.

Crítica. Editorial Planeta. Barcelona. 2018.

Esta es una de las preguntas centrales de este ensayo de la especialista en estudios clásicos Mary Beard: Mujeres y poder. Un manifiesto. (Crítica. Editorial Planeta, 2018), que contiene las dos conferencias pronunciadas en 2014 y 2017: “La voz pública de las mujeres” y “Mujeres en el ejercicio del poder” para el London Review of Books. En este breve ensayo, la catedrática de la universidad de Cambridge hace un recorrido histórico por los modos y maneras en los que la cultura occidental ha silenciado a las mujeres en el espacio público. “¿Cuáles son los mecanismos que silencian a las mujeres, que se niegan a tomarlas en serio y que las aíslan, literalmente, de los centros de poder?.”

Las formas de la “afasia” femenina en la cultura occidental vienen de antiguo y han sido múltiples. Es posible rastrear las fuentes del sexismo y de la misoginia occidental ya en la Odisea, en el pasaje en el que Telémaco manda callar a su madre, Penélope, cuando ella quiere intervenir en el espacio público. Desde entonces hasta nuestros días, la feroz resistencia a la intrusión femenina en el territorio discursivo tradicionalmente masculino se salda, en la versión más culta, con comparaciones que ridiculizan a las mujeres identificándolas con modelos de feminidad causantes de grandes peligros para el hombre: sirenas, medusas, magnicidas, regicidas, asesinas; o bien con personajes de la tragedia griega y del mito cuyo ejercicio del poder produjo grandes desgracias para un pueblo. En la versión menos clásica, es decir, contemporánea; las formas y maneras de silenciar a las mujeres que pretenden hacerse oír en el espacio público –incluyendo las redes sociales como espacio público-, se saldan con feroces insultos que aluden a su condición sexual o reproductora, a sus cuerpos -que sufren una continua sobreexposición al juicio estético de los medios de comunicación-, ó a su inteligencia. Curiosamente a las mujeres nunca se les rebaten sus argumentos sino que se les desacredita directamente llamándolas tontas…: ”un aspecto todavía más interesante es la conexión cultural que se pone de manifiesto cuando una mujer defiende opiniones impopulares, polémicas o simplemente diferentes en este caso se consideran indicativas de su estulticia. No es que uno esté en desacuerdo con ella, es que es tonta: “lo siento cariño es que no lo entiendes”. He perdido la cuenta de las veces que me han llamado “cretina ignorante”.

En resumen, la cultura occidental resulta un compendio de variaciones sobre las mismas prácticas, pues “en lo relativo a silenciar a las mujeres, la cultura occidental lleva miles de años de práctica”.

En el segundo capítulo “Mujeres en el ejercicio del poder”, Mary Beard entra de lleno en las consecuencias de este mutismo legendario. La ausencia de un canon de representación de las mujeres en el poder, el vacío histórico de representatividad en las formas de ejercer el liderazgo, impiden normalizar el empoderamiento de las mujeres, la credibilidad y la legitimidad de sus actos. Sin duda, el déficit histórico en el ejercicio del poder ha producido un vacío importante en las formas de representación. No hay un canon femenino de representación del poder, más allá de reinas, santas, vírgenes, mártires e iluminadas. Las formas de ejercer el poder desde la feminidad se resumen en actos performativos de subversión desde la sumisión (Judith Butler). Sin entrar en estos temas -que el ensayo no navega por aquí-, el problema de no tener un canon normalizado, por llamarlo así, de liderazgo femenino en el espacio público y tener como único referente al hombre, ha producido una masculinización del ejercicio del poder: “Digámoslo al revés: no tenemos ningún modelo del aspecto que ofrece una mujer poderosa, salvo que se parece más bien a un hombre”. Por ello -y este es el punto más interesante de este segundo capítulo-, es urgente normalizar las formas de representación e interpretación del poder de las mujeres. Y para ello, el primer paso es cuestionar el estereotipo masculino causante del sexismo y la misoginia tan arraigado en ese cerrado coto tradicional. ¿Hay algo más allá de este patrón cultural del poder?

Si analizamos las metáforas que conceptualizan la acción de cómo las mujeres se empoderan y llegan al espacio público: derribar muros, abrir puertas, romper el techo de cristal, etc… vemos que en todas hay un reconocimiento implícito al doble esfuerzo que han de hacer para posicionarse en un espacio al que tradicionalmente no pertenecen y del que han sido expulsadas.

“Hemos de reflexionar acerca de los que es el poder, para qué sirve y cómo se calibra, o dicho de otro modo, si no percibimos que las mujeres están totalmente dentro de las estructuras de poder, entonces lo que tenemos que redefinir es el poder, no a las mujeres”

Establecer nuevas formas de gobernabilidad y de ejercer el liderazgo cercanas a la sororidad, a la colaboración, a la horizontalidad… si no es fácil encajar en una estructura diseñada por y para los hombres, habrá que cambiar la estructura.

En definitiva, un breve y lúcido ensayo de Mary Beard que explora los fundamentos culturales de la misoginia.

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