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¿Amores “imposibles” en blanco y negro? No, gracias

 

Aunque recelo mucho de las películas Oscarizables, sí tengo curiosidad por directores/as que van más allá en el terreno visual. Cold War, aúna ambas características y decidí darle una oportunidad. Como en su anterior película, Ida (2013), el director polaco Pawel Pawlikowski apuesta por el blanco y negro para viajar al pasado, en este caso a los convulsos años sesenta en Polonia, y retratar una historia ¿de amor? entre un músico y una joven campesina con dotes para el cante y el baile. Se conocen, se desean, ocultan su relación, tienen relaciones con otras personas, se distancian, se buscan, se encuentran… Todo esto con un conflicto político de fondo, la verdadera Guerra Fría, en realidad lo más interesante de la película. Contexto histórico que se vende como el obstáculo de este amour fou en el que peso fou recae, mira tú por dónde, en ella, personaje veleta que hace morir de amor a su amante. Ay, la mujer celosa. Y erre que erre que son el hombre y la mujer de sus respectivas vidas.

El director de fotografía, Lukasz Zal (Ida), te lleva a pensar en La Dolce Vita de Fellini en una de las mejores secuencias de la película, el baile en el club parisino. La diferencia con Fellini es que, al menos a mí, me ha faltado mucho contenido. Porque claro, luego ves Roma de Alfonso Cuarón, director mexicano que en pleno caos migratorio en la frontera estadounidense le da el protagonismo a una empleada doméstica en el México de los setenta, y te das cuenta de que solo un fotograma de Roma tiene mil veces más contenido, y sobre todo sentido, que Cold War. Digo Roma como puedo decir Toro Salvaje (Scorsese, 1980) o cualquier apuesta fílmica en la que el blanco y negro encierre mensajes realmente potentes, controvertidos, reflexivos… Necesarios. LEER MÁS »

Las mujeres que humanizaron la Declaración Universal de Derechos Humanos

 

 

 

 

 

En el aniversario de los setenta años de la solemne proclamación de la Declaración Universal de Derechos Humanos, reunida la Asamblea General de las Naciones Unidas en el Palacio de Chaillot de París (10 de diciembre de 1948), es de estricta justicia rendir homenaje a las mujeres que la moldearon, que le confirieron dignidad, igualdad y sentido, puesto que el silenciamiento y la invisibilización de la tarea que llevaron a cabo tanto con respecto a la Declaración como respecto a la Asamblea.

Junto a la recordada —y que dure— Eleanor Roosevelt (escritora y política norteamericana, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU de 1947 a 1951), hemos de recordar y valorar el trabajo de mujeres de sitios muy diversos, pioneras de estos derechos en sus respectivos países y a nivel internacional.

Por ejemplo, la brasileña Bertha Lutz (naturalista, zoóloga y pionera del feminismo en Brasil); Minerva Bernardino de la República Dominicana (diplomática y promotora de los derechos de las mujeres); la india Hansa Mehta (política y activista feminista, luchadora por la independencia de su país, formó parte de su Asamblea Constituyente); Begum Shaista Ikramullah (política bengalí paquistaní, diplomática y escritora, primera representante en la Asamblea Constituyente de Pakistán), así como políticas de las ex colonias africanas. LEER MÁS »

El ajuste de cuentas de Concha de Marco

 

Concha de Marco (Soria, 1916-Madrid, 1989) fue una poeta y ensayista española, autora de siete poemarios que fueron publicados entre 1966 ‘Hora 0,5 y 1974 ‘Una noche de invierno’. Como ensayista publicó ‘La mujer española en el Romanticismo’ (1969) y fue coautora de una ‘Guía de Soria’ (1970). Para el también escritor y ensayista José María Martinez Laseca, autor del libro ‘Concha de Marco en carne y verso’, su poesía, es “limpia, transparente, de palabras precisas, aunque en ella se advierta un hondo palpitar doloroso y metafísico”. Y de su persona destaca su espíritu libre y rebelde, su afán de independencia y la altura de sus principios. Su nombre, como el de tantas otras mujeres de su generación, está sin embargo velado por la desmemoria y por un hecho trascendental en su vida, haber pasado a la historia reciente de este país como la esposa del crítico de arte y ensayista Juan Antonio Gaya Nuño. Como a muchas escritoras, pintoras, dramaturgas de su generación, su obra y su nombre quedó ensombrecido por la obra y la personalidad de su compañero de vida. Pero lo que hace diferente el caso de Cocha de Marco es su voluntad de que así fuera. Ella se consagró en cuerpo y alma a los intereses intelectuales de su marido, por amor, pero, sobre todo, por la admiración que le profesaba. Este hecho, muy común en su época, tiene mayor relevancia en el caso de una mujer que siempre defendió la igualdad entre hombres y mujeres.

Su peripecia vital fue la de los vencidos de la guerra civil. Se casaron en plena contienda y una vez finalizada se mantuvieron fieles a la República y a sus principios. Nunca se fueron de España, él sufrió pena de cárcel y a punto estuvo de morir durante la condena. A su salida de la prisión, el matrimonio se estableció primero en Bilbao (a donde fue desterrado Gaya Nuño), luego en Madrid ciudad en la que, alternando con breves estancias en Barcelona y otros destinos, vivieron prácticamente toda su vida. Nunca pensaron abandonar España, aunque pagaron por ello un precio muy alto por el ostracismo y las represalias de un régimen que los marginó y dificultó su carrera profesional. LEER MÁS »

Desmontando la mesa de camilla

Viaje al cuarto de una madre

Al ver una película como Viaje al cuarto de una madre se entiende a la perfección la insistente reclamación de más mujeres detrás de la cámara. Porque no se trata solo de una cuestión de justicia paritaria, que también, sino de que veamos en la pantalla esa parte de la vida o esas miradas que durante siglos han estado silenciadas o devaluadas. Solo una mujer podía escribir y dirigir una película como la que nos cuenta la historia de una madre y una hija, Estrella y Leonor, unidas por más de 20 años de cordón umbilical y prisioneras en gran medida de los vínculos que con frecuencia entran en tensión con la autonomía. La opera prima de Celia Rico Clavellino nos ofrece, con los silencios y las palabras justas, un retrato emocionante, entre la comedia y el drama, como la vida misma, sobre dos mujeres que se enfrentan a la necesidad de alzar el vuelo sin traicionar las raíces.

Gracias a dos actrices, Lola Dueñas y Anna Castillo, que se merecen todos los premios del año, entendemos a la perfección cómo se tensan las cuerdas, cómo la emancipación deseada por la hija abre el riesgo de heridas, cómo amar con la intensidad que aman esas dos mujeres es un juego complicado de libertades y dependencias. Con los detalles más pequeños de lo cotidiano, y a veces con simples gestos que cualquiera puede reconocer, sobre todo me temo que las espectadoras, la directora nos dibuja a la perfección el contexto de las protagonistas (ese pueblo que apenas se ve pero que todas y todos reconocemos), sus necesidades y fragilidades, sus miedos y sus barrotes. Basta una cafetera imposible de abrir para entender los vínculos de dependencia creados entre madre e hija. Lola y Anna nos transmiten a la perfección la ternura que habita entre ellas, cómo han sido capaces de construir un microcosmos de cuidados y apegos, hasta qué punto el cordón umbilical las sigue uniendo como lo hace una mesa camilla en la que se refugian del frío y las soledades. LEER MÁS »

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